VINO PAISAJE VOLVER
Hay vinos que se descubren en la copa y otros en el camino que lleva hasta ella: un tren sin humo, una cordillera de fondo, un viento que no cede. El enoturismo en Argentina empieza hoy mucho antes de la primera degustación.
El enoturismo en Argentina dejó de ser una visita para convertirse en un viaje. Ya no se trata solo de llegar a una bodega, sino de entender desde qué paisaje habla cada vino: la altura de una quebrada, el pie de una cordillera, el viento de una meseta. El país tiene más de 480 bodegas abiertas al turismo, y las más interesantes ya no se parecen entre sí.
Los números acompañan la intuición. Según un relevamiento de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR) publicado en abril de 2025, el país contaba con 487 establecimientos vitivinícolas abiertos al turismo en 17 provincias, un 32% más que en 2023. El Informe Mundial sobre Enoturismo 2025 de ONU Turismo marca la misma dirección: la gastronomía, el bienestar y la cultura avanzan junto a las visitas y degustaciones tradicionales.
Tres propuestas, tres latitudes y tres maneras de empezar la experiencia antes de la primera copa: Bodega El Bayeh en Maimará, Jujuy; Pulenta Estate en Alto Agrelo, Mendoza; y Bodega Malma en San Patricio del Chañar, Neuquén. Del noroeste a la Patagonia, el país se recorre a través de lo que crece en su suelo.
LA QUEBRADA DE HUMAHUACA: UN VALLE QUE SE LEE EN COLORES
Antes del vino está el lugar. La Quebrada de Humahuaca, en el noroeste de Jujuy, es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 2003: un corredor de montañas que se extiende unos 155 kilómetros y que fue ruta de pueblos andinos mucho antes de que existieran los mapas. Sus cerros cambian de color con la luz -ocres, rojizos, violáceos- y sus pueblos de adobe conservan un ritmo que no se negocia.
En Maimará, a más de 2.300 metros, la ladera del Cerro General San Martín se despliega en bandas de amarillo, ocre y rojo, conocidas como la Paleta del Pintor. Es el paisaje que tiene enfrente Bodega El Bayeh, y no es un decorado: es el interlocutor. A esta altura el sol es más intenso, las noches son frías y la vid aprende a defenderse. De ahí salen vinos de carácter propio, en una región donde la vitivinicultura convive con las tradiciones andinas desde hace siglos.
EL BAYEH Y EL TREN DEL VINO: LLEGAR TAMBIÉN ES BEBER
La llegada a El Bayeh ya es parte de la historia. El Tren del Vino se desarrolla a bordo del Tren Solar de la Quebrada, el primer tren turístico de Latinoamérica impulsado por energía solar, que recorre el antiguo trazado del Ferrocarril Belgrano con baterías de litio fabricadas en Jujuy. Sus vagones tienen ventanas laterales y superiores para mirar la montaña sin intermediarios. Desde marzo de 2026, El Bayeh es la primera bodega del país con apeadero propio: el tren se detiene a las puertas de los viñedos y el visitante pisa la tierra donde crece lo que va a probar: una pieza nueva para el enoturismo en Argentina.
Detrás hay una historia familiar. El proyecto nació en 2018, cuando la familia Manzur decidió recuperar el sueño vitivinícola de su abuelo Pedro. Sus vinos se elaboran con uvas de fincas propias en Maimará y Huacalera y con uvas criollas de pequeños productores de Maimará, Tilcara y Purmamarca, a quienes la bodega decidió poner en valor junto al viticultor Matías Michelini. En Finca Ollantay, a 2.400 metros, se recorren los viñedos, se conoce la vitivinicultura de altura y se degusta frente a la Paleta del Pintor. A pocos kilómetros, en Huacalera, Casa Mocha suma una cocina regional con influencias libanesas, arte y cultura local; y cada marzo, el festival de La Vendimia de El Bayeh reúne vinos, gastronomía y música con la Quebrada como escenario.
ALTO AGRELO: LA CORDILLERA COMO MAESTRA
En Mendoza, la geografía cambia de lenguaje. Alto Agrelo, en Luján de Cuyo, se ubica a unos 975 metros sobre el nivel del mar, sobre suelos aluviales de origen cordillerano, con los Andes como horizonte permanente. Es una de las zonas que construyeron la reputación del Malbec argentino y hoy forma parte del mapa del enoturismo en Argentina; su identidad se explica por una combinación precisa: altura, piedra, sol y amplitud térmica.
Allí, Pulenta Estate propone una historia de cuatro generaciones dedicadas al vino. La visita recorre los viñedos y la bodega, explica los métodos de vinificación y permite conocer el legado de la familia Pulenta, mientras el recorrido pone en relación el suelo, la altura y el clima con lo que después llega a la copa. Dura aproximadamente una hora y cuarto, requiere reserva previa y puede solicitarse en español, portugués o inglés. Las degustaciones guiadas van de las etiquetas clásicas a los vinos de parcelas específicas, con experiencias sensoriales, maridajes con quesos locales y degustaciones privadas en la cava subterránea.
La novedad tiene sabor a paciencia: el Pulenta Estate Albariño 2025, su primera interpretación de esta variedad de origen oceánico en tierras mendocinas. El proyecto comenzó en 2019 con 395 plantas y seis años de investigación sobre cómo se adapta a Alto Agrelo. El resultado es un blanco de frescura y expresión aromática que suma otra faceta a una bodega conocida por sus tintos.
SAN PATRICIO DEL CHAÑAR: EL VIENTO COMO SOCIO
Bajando hacia el sur, el paisaje se vacía y el vino se vuelve otra conversación. San Patricio del Chañar, en Neuquén, está en plena meseta patagónica, cerca del paralelo 39 de latitud sur: una de las regiones vitivinícolas más australes del país. Aquí las lluvias son escasas, los vientos son constantes y la amplitud térmica entre el día y la noche es marcada; los suelos son pedregosos y permeables. Es una vitivinicultura joven, nacida en un desierto que solo florece cuando alguien le acerca el agua.
Ese agua llega del deshielo. En Bodega Malma, fundada en 2004, un sistema reencauza el agua del río Neuquén a través de un canal de 20 kilómetros y siete plantas de bombeo hasta 127 hectáreas de viñedos, donde crecen Pinot Noir, Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon, Sauvignon Blanc y Chardonnay. El viento, que podría ser una amenaza, funciona como aliado: mantiene la fruta sana y ayuda a equilibrar acidez y azúcar durante la maduración. La sustentabilidad forma parte de la filosofía de la bodega, con prácticas orientadas al cuidado de la biodiversidad, la protección del suelo y el uso eficiente del agua.
La visita puede continuar en la mesa, con una gastronomía inspirada en los productos de la región, o convertirse en una estadía. Aldea de Terruño by Haiku, el alojamiento boutique de la bodega, ofrece tres casitas independientes entre las viñas -Chardonnay, Pinot Noir y Malbec-, nombres que llevan la identidad del vino al lugar donde se duerme. A aproximadamente una hora de la capital neuquina, el cambio de ritmo modifica la perspectiva: quien recorrió los viñedos de día puede despertar junto a ellos, en el mismo entorno donde se producen los vinos.
El vino siempre fue paisaje embotellado. Estas bodegas decidieron devolverlo al paisaje, y dejar que cada visitante lo beba primero con los ojos, después con el cuerpo, y recién al final con la copa.
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