COCINA VIVA VOLVER
El viajero que reserva mesa ya no alcanza. Panamá -la única capital del mundo reconocida por la UNESCO como Ciudad Creativa de la Gastronomía- construyó un modelo donde la cocina empieza en la finca, en la comunidad indígena y en el mar, antes de llegar al plato.
Hay un cambio silencioso ocurriendo en el turismo premium que los datos empiezan a confirmar: el viajero sofisticado ya no mide la calidad de un destino por sus restaurantes con estrella sino por la posibilidad de entender cómo se produce lo que va a comer. Quiere cosechar, fermentar, amasar, pescar y conversar con quienes llevan generaciones trabajando la tierra. Y en ese nuevo mapa del turismo gastronómico global, Panamá ocupa un lugar que hace pocos años nadie hubiera anticipado: el de destino de referencia. No solo porque Forbes la destacó entre los destinos gastronómicos imperdibles de 2026, o porque la Ciudad de Panamá es la única capital del mundo reconocida por la UNESCO como Ciudad Creativa de la Gastronomía -distinción que comparte con ciudades como Lyon, Parma y Florencia-, sino porque lo que ofrece no se puede replicar: una biodiversidad extraordinaria, culturas indígenas que preservan técnicas milenarias y una cocina construida sobre el encuentro de influencias que el propio Canal hizo posibles.
LA ÚNICA CAPITAL DEL MUNDO CON ESE TÍTULO
La distinción de la UNESCO como Ciudad Creativa de la Gastronomía -otorgada a la Ciudad de Panamá desde 2017- no es un reconocimiento decorativo. El programa de Ciudades Creativas de la UNESCO implica un compromiso activo con el uso de la cocina como herramienta de desarrollo cultural y económico, y coloca a la capital panameña en la misma red que Lyon, Parma, Chengdu y Bergen. Es la única capital de América Latina y el Caribe en esa lista.
Esa distinción tiene sustento concreto: la ciudad alberga más de 2.400 restaurantes y espacios gastronómicos que reflejan seis siglos de encuentros culturales -influencias indígenas, afrodescendientes, españolas, asiáticas, árabes y caribeñas conviviendo en una misma escena culinaria-. Restaurantes como Maito y Cantina del Tigre ya figuran en el ranking Latin America's 50 Best Restaurants, mientras que La Tapa del Coco, UMI, Fonda Lo Que Hay y Caleta destacan en la lista extendida. Y a partir de 2026, Panamá será también sede regional de los premios Fine Dining Table -plataforma considerada por el sector como "la Guía Michelin de las nuevas generaciones"-, lo que consolida al país como punto focal de la alta gastronomía latinoamericana.
"La escena culinaria de Panamá es una de las más emocionantes de la región, profundamente arraigada en tradiciones indígenas, enriquecida por la herencia afrocaribeña e inspirada por sabores del mundo que han transitado por el canal durante más de un siglo. Cada plato cuenta la historia de un país que es, por naturaleza, un punto de encuentro cultural." - Gloria De León, Administradora General de la Autoridad de Turismo de Panamá.
EL CAFÉ GEISHA Y EL CACAO COMO EXPERIENCIAS, NO COMO PRODUCTOS
Más allá de la capital, Panamá ofrece algo que muy pocos destinos pueden: el acceso al origen. En Boquete -en las tierras altas de Chiriquí, a más de 1.200 metros sobre el nivel del mar y con una microbiota única generada por los vientos que suben del Pacífico- se produce el café Geisha, considerado uno de los cafés más valorados y premiados del mundo. Una taza de Geisha de Hacienda La Esmeralda puede costar hasta USD 100 en subasta. Pero la experiencia de recorrer las plantaciones, entender cómo la altitud y el procesamiento en cereza o honey definen el perfil aromático, y conversar con los productores que llevan décadas cultivando esta variedad etíope adaptada al suelo chiriquí, no tiene equivalente en ninguna taza de restaurante.
Algo similar ocurre con el cacao en Bocas del Toro y la comarca Ngäbe-Buglé. Diversas comunidades indígenas -guardianas de variedades nativas de cacao criollo y trinitario que en muchos casos crecen bajo dosel selvático sin intervención química- han comenzado a abrir sus procesos productivos al turismo. El visitante puede participar de la fermentación, el secado y el tostado artesanal, y comprender que detrás de un chocolate premium no hay solo técnica sino una economía familiar y una decisión ecológica.
A estos dos productos insignia se suman la pesca artesanal en el Pacífico, los mercados como el Mercado de Mariscos de la Ciudad de Panamá -donde la corvina, el pulpo y los camarones del Golfo de Panamá llegan directamente del bote a la mesa-, y las rutas de ron y cerveza artesanal que completan un mapa gastronómico que va del mar a la montaña en pocas horas.
El turismo que genera este modelo no es el del espectador que reserva mesa y paga la cuenta. Es el del viajero que permanece más días, distribuye mejor su gasto y genera impacto directo en las economías locales. En 2025, Panamá recibió más de 3 millones de visitantes internacionales y el sector generó más de 6.500 millones de dólares en ingresos para la economía nacional. La gastronomía inmersiva ya no es un nicho: es una parte central de ese número.
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