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La paz y la belleza del Norte de Irlanda

Tras siglos de violencia, este rincón de la isla verde llamado Tuaisceart Éireann aparece como un destino de moda, pleno de atractivos históricos, culturales y naturales que seducen con un espíritu sosegado y acogedor.

La primera vez que presté atención a Irlanda del Norte fue a principios de los 90, cuando Daniel Day Lewis protagonizaba la fantástica película En el nombre del padre. Para un adolescente sin demasiadas pasiones religiosas el film expresaba un conflicto difícil de entender. Claro que en ese momento no había leído nada sobre los cuatro siglos de enfrentamientos que se iniciaron a fines del siglo XVI cuando el ejército inglés cruzó el ma de Irlanda para desembarcar en el Norte de esta fértil y siempre verde isla. 

Allí, en las tierras de la provincia de Úlster dominaban los O?Neill, clan que fue derrotado en 1607 por las tropas de Isabel I. Junto a otros nobles católicos irlandeses, Hug O?Neill, conde de Tyrone, huyó a Europa. Y los castillos que dejaron tras de sí fueron ocupados por protestantes llegados desde Escocia e Inglaterra. Esas fueron las semillas que dieron como amargo fruto 400 años de conflicto. Pero las piedras de aquellos castillos se mantuvieron siempre incólumes; las costas escarpadas siguieron allí en su lucha constante con mares bravos; el suave verde de las colinas de los condados de Armin o Derry permaneció sin cambios, como testigo de una historia que hoy habla de paz. 

De la mano de esa nueva tranquilidad en la que los viejos rivales comparten el gobierno, los viajeros de todo el mundo regresaron para descubrir que Irlanda del Norte es un destino fantástico. Y de fácil acceso no solo desde Londres, sino desde muchas otras ciudades europeas, especialmente, cuando se programan vuelos con aerolíneas como la local Ryanair, una low cost que trabaja con aeropuertos alternativos a los de las grandes ciudades. 

Y sumado a todo esto, en este 2012, la ciudad se ha puesto de moda de la mano del Titanic. Es que el mítico transatlántico fue construido en Belfast, la capital del Tuaisceart Éireann, hace ya un siglo. De modo que en el año del centenario del hundimiento del Titanic, los ojos se han vuelto a l puerto donde nació la leyenda. 

La cuna del Titanic

A fines de marzo de este año se inauguró el complejo Titanic Belfast, un centro interactivo que recorre la historia del barco que nació para brillar y que no pudo completar su primer y único viaje. Cuando se toma la autopista M3, se ven a lo lejos, en el Titanic Quarter, los perfiles amarillos de las grúas del astillero Harland & Wolff. Es difícil anticipar el contraste que brindarán con su rústica monumentalidad a la arquitectura moderna, luminosa y llamativa del Titanic Belfast que semeja a cuatro proas de la misma altura que el barco que homenajea. En su interior, deslumbra la exhibición que recibió a más de 250.000 visitantes de 28 países en sus primeros cuatro meses. 

El recorrido que propone el Titanic Belfast va desde los primeros bocetos de la nave más lujosa e imponente jamás vista, hasta el momento en el que sus restos fueron descubiertos a cuatro mil metros de profundidad en el Atlántico Norte. Para esto, se crearon nueve galerías de interpretación repartidas en seis plantas. Allí es posible conocer a la Belfast de hace un siglo, urbe industrial, líder en servicios de ingeniería naval, próspera y moderna. Luego el recorrido se traslada al increíble arte de construir una ciudad flotante en el mismo sitio en donde se concretó tamaña empresa. Pararse frente al dock en donde se ensamblaron las piezas del gigante permite tomar dimensión de su enormidad. Y los videos originales de 1912 aportan mucho más que un documento histórico. 

El paseo sigue en el interior del barco, no solo conociendo cómo era cada ambiente, sino también descendiendo por la misma gran escalera que presidía el salón principal del barco. El resto de las galerías van desde el viaje inaugural hasta hoy, pasando por todas las películas, investigaciones, relatos y reconstrucciones del naufragio más estudiado de la tierra. 

Quizás, durante este año del centenario del Titanic sea esta la primera visita que debiera hacerse en la capital de Irlanda del Norte. Pero está claro que hay mucho más para descubrir.

Belfast sin apuros

Como ocurre siempre, lo que el producto turístico sugiere hacer en dos horas, el viajero con verdadera vocación de conocer, deberá realizarlo en mucho más tiempo. Y aquí esto hace referencia a los clásicos city tour que proveen las agencias de taxis. Sin tiempo para nada el pasajero irá del cementerio de Clifton al parlamento; de los murales de los barrios católicos y protestantes a la universidad y el Jardín Botánico en Queens; y quizás habrá unos minutos para escaparse hasta Friar?s bush Graveyard, un antiguo lugar de enterramiento pre cristiano donde sentir un poco de la magia de los druidas.

Pero para quien busca tomarle el pulso a Belfast, el programa debe ser necesariamente más extenso. Una buena idea para moverse con facilidad e independencia es llegar hasta Donegal Square West para comprar una tarjeta de viaje recargable, que permite subir y bajar de los colectivos locales Citybus de manera ilimitada. Hay abonos para un día, una semana o un mes. Con esa herramienta y un plano en mano, se puede iniciar la recorrida. Lo mismo puede hacerse con el subterráneo.

La historia política y sobre todo la del último siglo merece una visita a diferentes barrios como Falls Road, reducto católico; o a Shankill Road, de población protestante. En las paredes de casas y comercios, aquí y allá aparecen murales con los que cada grupo expresaba sus creencias y posturas políticas. Los autores eran tanto los grupos políticos como las organizaciones paramilitares, y uno de los lienzos más buscados era el muro que separaba a las dos comunidades en pugna, los republicanos o católicos y los leales (a la corona británica) o protestantes. 

Uno al lado del otro, se pueden ver recuerdos de mártires de cada bando o una réplica del Guernica de Goya; otros recuperan eventos históricos como aquel en el que Oliverio Cromwell aparecía matando católicos en nombre de la corona británica. A veces, a ambos lados del mismo muro se pueden ver ondear las banderas de Irlanda y del Reino Unido, cada una buscando sumar la ciudad a uno u otro país.

Pero estas diferencias se diluyen cuando se empieza a beber el verdadero espíritu local: sus pubs, la arquitectura, la gastronomía y, sobre todas ellas, la literatura y la música. Irlanda, en todas sus regiones y divisiones, es una tierra de poetas. Nombres como Jonathan Swift, Oscar Wilde, Sean O?Casey, George Bernard Shaw, WB Yeats, James Joyce y Samuel Beckett, cuatro de ellos ganadores del Nobel de Literatura, hablan de una vida cultural envidiable. Que hoy continúa en la misma senda. Aquí en Belfast, un sitio imperdible es el Lyric Theatre. Hace tiempo, era una sala casi familiar que funcionaba en la casa de Mary O?Malley. En 1968, el teatro se traslado a su edificio actual en Stranmillis, pero nunca perdió ese sentido de intimidad original. Ni siquiera hoy, con su Theatre of Dreams, un fabuloso auditorio de 389 plazas, acompañado de un bar con fantásticas vistas del Río Lagan. 

Parte del dinero necesario para recrear esta sala emblemática fue aportada por el actor Liam Neeson, protagonista de La Lista de Schindler, Kingsey, Love Actually y Pandillas de Nueva York entre muchas otras, que se formó en estas tablas durante los años 70. En esos años difíciles de tanta violencia, el Lyric era, en palabras de Neeson, "como un rayo de luz y esperanza durante 6 noches a la semana. Representar a Shakespeare, Yeats, O?Casey? con un grupo de actores y actrices me transformó, y todavía hoy en día son una gran influencia".

Así como el teatro, la música siempre estuvo presente en la vida de Irlanda del Norte. En Belfast hay grandes templos como la Opera House, el Odyssey Arena y el Waterfront Hall. Pero además se creó una Ruta Musical de Belfast, que profundiza en figuras como el genio del rock de los 60, Van Morrison, o el recientemente fallecido Gary Moore, para terminar en el famoso Centro de la Música Oh Yeah. Belfast fue también la cuna de hitos del punk como Stiff Little Fingers y Rudi, quienes grabaron bajo el sello Good Vibrations. Hoy, el semillero musical dio al mundo a David Holmes, un DJ de las raves en la Facultad de Artes de Belfast, devenido en compositor fetiche de Hollywood. 

Así y todo, nadie puede dejar de dedicar alguna velada a la música tradicional, el folk que aquí se llama trad, ese estilo musical único que se alimenta de los sonidos del bodhrán (tambor que se toca en la mano), el banjo, el fiddle (violín) y la guitarra acústica. A veces, el mejor sitio para disfrutar esos grupos desconocidos pero con mucho arte es un pub. Entre todos ellos, sobresale el Crown Liquor Saloon, el más antiguo de la ciudad, pero además uno de los más elegantes: mosaicos, brocados en las paredes, tallas de madera y boiseries que adornan columnas y salones; vitreaux y cientos de detalles para enamorarse del lugar. Ubicado en la calle Great Victoria, está a pocas cuadras del ayuntamiento un edificio de estilo victoriano de más de 100 años de antigüedad. Esta es una de las ventajas de esta pequeña capital, todo está cerca. En bus o caminando 20 minutos, desde allí hasta el barrio de Queen's el trayecto es mínimo. Y es allí donde se encuentra una de las construcciones más bellas de la región, como es la Universidad de Queen?s. En sus jardines, durante el verano, se montan pantallas gigantes para seguir espectáculos de ópera de Londres; alrededor de las facultades una miríada de bares y restaurantes de todos los estilos, nacionalidades y precios invitan a sentarse a ver pasar la vida. Y detrás de la universidad, el jardín botánico, abierto al público y gratuito, es un paseo absolutamente relajante. 

Así es el contacto con la naturaleza, que en los alrededores de Belfast es generosa en paisajes impensados. 

El camino de la Costa

Montañas, colinas, cascadas, playas de finísima arena blanca, acantilados y la famosa Calzada del Gigante, todo esto es lo que hace de la Causeway Coastal Route, una ruta turística fantástica. 

Aquí y allá hay pequeños detalles para descubrir, para tomar esa fotografía única, que se presenta sola, como un regalo por haber llegado hasta allí. Así ocurre en el Carrick-a-Rede Rope Bridge, un puente colgante que une toda Irlanda con una pequeña islita llamada Carrick. La misma sensación de gratitud se siente al caminar por los caseríos de Glenarm, Cushendall o Cushendun, difíciles de encontrar en el mapa; pero fácilmente memorables. 

Y es en estos caminos en donde se puede encontrar castillos con la historia adherida a sus piedras. Como el de Ballygally, dueño entre otras cosas de su propio fantasma. Mirando al mar desde la costa del condado de Antrim, este castillo del siglo XVII es desde siempre una residencia, en la que hoy los viajeros pueden compartir la estancia con el fantasma de Lady Isabela Shaw. De hecho, hay una habitación que le pertenece al espectro de la señora, en la que no puede dormir más que ella. Otro castillo para visitar es Dunluce Castle, en este caso, sus ruinas, que se mantienen erguidas al borde del mar, desafiando al horizonte con su figura, también fantasmal. 

Pero de todas las construcciones de la región, la más importante no es obra del hombre, sino de la naturaleza. La Calzada del Gigante está formada por unas 40.000 columnas hexagonales de basalto nacidas de un volcán y que besan Atlántico. Originadas hace 60 millones de años, algunas de ellas de más de 160 metros de altura, razones suficientes para que la UNESCO las incluyera en su lista de Patrimonio Natural de la Humanidad. Desde esta plataforma, en los raros días de pleno sol del verano es posible ver Escocia y soñar con viajar también pro esas tierras. Pero no en esta ocasión. Aún quedan paradas por realizar en los alrededores. 

La otra London

En el Oeste de Irlanda del Norte, si se permite el galimatías cardinal, la ciudad de Londonderry, o simplemente, Derry, es una de las pocas que mantiene intacta sus antiguas murallas. Recostada sobre el río Foyle, es una pequeña urbe con un gran pasado que se refleja en monumentos como la Catedral de St Columb, del año 1633. El año próximo, Derry será la capital cultural del Reino Unido durante doce meses, una distinción que le augura infinidad de eventos y una gran difusión en todo el mundo. Serán así muchos más los viajeros que sientan curiosidad por sus murallas trazadas en forma de rombo y que la rodean por completo, dejando apenas cuatro puertas de acceso. En el Tower Museum hay dos exposiciones que invitan a pasear por la historia: Story of Derry, de temática evidente; y la muestra sobre el navío español La Trinidad Valencera, que naufragó en el año 1588 en estas costas a las que llegó como parte de la Armada Invencible. 

Pero no todos los atractivos se refieren a lo que ya no es. Derry, al igual que Belfast, se exhibe como una ciudad cultural. En septiembre el Playhouse acoge el Festival del humor Big Tickle; a fines de octubre, el Carnaval de Halloween -el auténtico- reúne a miles de personas disfrazadas en las calles; los mismos que pocos días más tarde se ponen más serios para compartir el Festival de cine Foyle. 

Y desde este rincón amurallado se puede ir en busca de los espacios abiertos que la rodean como la península Inishowen, las Montañas Sperrin, y los extraordinarios paisajes que recorre el tren de Londonderry-Coleraine. Desde la ventanilla del coche comedor, disfrutando una pinta de stout, se ve el mar golpeando en las rocas, la gramilla verde por doquier y la entrada de un túnel horadado en las colinas. Es imposible pensar en que ese paisaje bucólico pueda haber sido un campo de batalla. Hoy solo expresa esa paz tan particular que ofrecen las postales de Irlanda del Norte o del Norte de Irlanda, según se prefiera.

Fernando Bello

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